lunes, 8 de agosto de 2011

Fue un cinco de agosto


El cinco de agosto de 2009 los paraempresarios de Fasga y Fetico complacían los intereses de la patronal Anged firmando el Convenio de Grandes Almacenes, desoyendo así las necesidades de más de 300.000 trabajadores.

Se hacían evidentes los primeros escarceos de esta crisis que estamos viviendo cuando se culminaba un proceso anómalo de la negociación del Convenio de Grandes Almacenes. Habíamos estado bloqueados, sin avances, con una posición patronal que reiteradamente negaba la posibilidad de un acuerdo satisfactorio para las pretensiones de nuestros representados. Y repentinamente todo se precipitó: en los cuatro primeros días agosto, lo que había sido un lento proceso de negociación sin avances perceptibles se convirtió en prisas por lograr, no el acuerdo, sino un evidente sometimiento a los intereses de la poderosa Anged.

Todo esto ocurría un cinco de agosto de hace dos años, cuando los paraempresarios ponían a los pies de los intereses patronales a más de trescientos mil trabajadores, propiciando su indefensión al recortales los derechos que habían logrado en anteriores negociaciones.

Dejaron que sus jornadas se prolongaran hasta hacerlas maratonianas –para el exclusivo beneficio de las empresas–, dejaron en la calle a todos aquellos que se ganaban la vida con trabajos temporales, por el poder que dieron a las empresas para distribuir las jornadas a su antojo. Y estas no perdieron la ocasión, era más fácil eliminar a todos los temporales y alargar las jornadas para cubrir esas ausencias.


Profanaron los éxitos legales en materia del descanso semanal, entregaron a los patronos la posibilidad de recuperarse de los más de cinco reveses que habían recibido del Tribunal Supremo, que los encontraba culpables de impedir el derecho al descanso semanal y que les condenaba a resarcir a los trabajadores de los expolios que había sufrido.

Todo lo tiraron por la borda con la burda firma de un nefasto convenio que llevamos tres años soportando. En definitiva, entregaron nuestros argumentos a quienes habían venido negándolos.

Expoliaron el derecho a cobertura económica en los casos de enfermedad, debilitando la protección de los trabajadores en los momentos de mayor necesidad, y con ello enriquecieron los colmados bolsillos de los voraces gigantes de la distribución comercial.

Limitaron hasta lo raquítico los crecimientos de los salarios, dejando en manos de las empresas la valoración de los parámetros para fijar las garantías de los sueldos. Sabían que nos condenaban a cuatro largos años de pérdida de poder adquisitivo frente a quienes nunca dieron ni dan muestras de austeridad.

Todo esto ocurría un cinco de agosto, cuando los paraempresarios de Fasga y Fetico, de manera vergonzante, claudicaban con infamia ante la poderosa Anged.

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